Vae Victis

¡Ay de los vencidos!

[Orquídeas secas - Francisco Javier Garín]

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Ilustración: Francisco J. Garín §
Diseño: Joaquín Bernal §


Manuel CRUZ (Con Perdón)

(...)Desafortunadamente, la idea de perdón
lleva mucho tiempo envenenada. El perdón constituye, junto con la
promesa, uno de los gestos que mejor define la condición humana.
Perdonar tiene algo, en sus orígenes, de rechazo a la fatalidad de lo
ocurrido. Cuando decimos “lo pasado, pasado”, estamos afirmando no sólo
que del pasado lo único que podemos hacer es irnos olvidando, puesto
que no hay forma de que vuelva, sino también que es la realidad más
sólida, más firme, más inalterable que podamos concebir, como viene
expresado en el viejo refrán popular “el pasado puede más que Dios”.
Así las cosas, perdonar tiene algo de rechazo, de enfrentamiento a la
dictadura del pasado, a su aparente irreversibilidad. Es como si el que
perdona le dijera al mundo: “Esperad un momento, que sobre este asunto
todavía me queda algo por hacer”.

Eso que le queda por hacer al
que perdona pertenece a un orden específico. Por decirlo con las
palabras que utiliza Javier Sádaba en su libro El perdón, en el gesto
de perdonar se expresa la soberanía del yo, que, en su plena autonomía,
se enfrenta a otro yo. De hecho, cuando empezamos a ejercitarnos en la
práctica del perdón, una de las primeras cosas que nos suele sorprender
es la incomprensión ajena. “Pero, ¿cómo has podido perdonar semejante
cosa?”, se nos suele decir. En tales momentos empezamos a ver la
diferencia de perspectivas: esas terceras personas nos plantean su
recriminación desde un punto de vista (por ejemplo, el de algún
legítimo derecho que nos asistía y al que estamos renunciando) que poco
o nada tiene que ver con la naturaleza del perdonar.

Y es que
el perdón fundamentalmente significa, utilizando la definición de
Butler, la supresión del resentimiento. Perdonar, por tanto, no
equivale a olvidar (por más que tantas veces se equiparen ambos
términos) ni a absolver. El perdonado no se torna inocente tras el
perdón. Puede quedar, si ello está en manos de la víctima, eximido del
castigo, pero ello no resulta forzoso. Quien perdona no renuncia a la
memoria, sino al odio (tal vez porque, como señalaba Arendt, se perdona
a la persona, no lo que ha hecho). Se desprende de esto que, si con
alguna virtud tiene que ver la facultad de perdonar, es con la
misericordia, aunque también mantenga un parentesco cercano con la
generosidad (que es la virtud del don). Ninguna de las dos es innata:
ambas se alcanzan básicamente a través del conocimiento, tanto de los
otros como de uno mismo… (...)

EL PAIS. Opinión 16/03/04

17/03/2004 · 00:00