Ella se quedó.
Al despertar pensó en lo peligroso e inapropiado de esa mezcla diaria. Dado el riesgo, el verdadero milagro era poder levantarse, mantenerse en pie, desarrollar una mínima actividad mental o física a lo largo de la jornada. Se prometió, como tantas veces, no tentar más a la suerte.
Licuó las frutas y tostó pan, ingirió su medicación; se perfumó y rodeó su cuello de ocres, naranjas y amarillos.
Descendió parte del bravo río, con nombre de pintor, a lomos de su fiel león. Antes de llegar a los cuatro afluentes desmontó del felino y se zambulló en la gélida corriente.
Aguas venían en contra y se hizo a la orilla derecha, justo en el afluente de Los Abalorios. Tomó aliento entre piedras de color y metales preciosos.
La corriente disminuyo en su caudal y prosiguió, sin separarse de la riba, por temor a desfallecer nuevamente. Tuvo frío. Avanzados unos metros se detuvo, exhausta, junto a la orilla de Las Pieles. Serenó su respiración agitada mientras se arrepentía de su arrojo al no haber llegado hasta la desembocadura de la Reina a lomos de su león para, allí, tan solo cruzar el río a nado hasta la orilla de tierra firme.
Era una provocación a sus pulmones la cuesta abajo y aceleró su paso con gesto de seguridad. El sol de frente, deslumbrando. Ganar apenas quince minutos a la hora de la cita. No. Tan solo recuperó seis. No eran suficientes. Alargó la zancada entre tiritonas y castañeo de dientes. Sintió más frío, palidez en el rostro y las manos heladas.
Llegó al lugar, descendió las escaleras y se acomodó en una mesa arrinconada, despojándose de algunas prendas, y pidiendo vino para calentarse.
La cita se retrasaba y su cabeza comenzó un repaso de momentos pasados que no le hizo bien.
No era aquel tipo de abrazo el que esperaba, ni aquella la pronunciación de su nombre que desease. Algo no, algo no era tal como había imaginado, aguardado.
Ordenaron la comida elegida con casi coincidencia en la extensa carta que les presentaron. Comieron y hablaron mirándose poco, no enteramente allí, con los pensamientos en cierta forma ausentes; unos a lo próximo inmediato; los otros, a ese pasado no olvidable. Algo estaba partido. De algo ya no se formaba parte.
Nada que reprochar, ni mencionar siquiera.
Terminado el dulce de huevo y leche, apurado el café, ella marchó.
Ella se quedó