de Antonio MENGS: Cristian Uetz
O el volcán. Con un sentido histriónico que pudiera traer a la memoria el de Gonzalo Rojas, salvando la diferencia de edad y, por tanto, la reserva de energías: Christian deja el estrado para encararse de pie a dos pasos del público, pero no deja de gesticular y de elevar cuando lo precisa el tono de voz; de interactuar mediante la sonrisa y la mirada; de modular sonido, sonido, sonido. Delgado, atlético no obstante, como el chileno mezclando conceptos y citas filosóficas, juegos verbales y un sentido del humor que arrasa. Su alemán se convierte en canto de pájaros: no de mirlos, sino más bien de bandada de loros pero ¿no hemos escuchado bien hasta qué punto el canto deja de ser asunto —dependiente por tanto de un apriori de belleza, delicadeza, suavidad, por ejemplo— para ser?
El caso es que el volcán erupciona realmente. Y la lava de las palabras, por breves instantes que tienen algo del oficio del sacerdote, del sonsonete del arlequín y de la llaneza de todo ruido, aparece suspensa ante la noche del yo con la peligrosidad de una luz desadjetivada.