de A. MENGS: El sapo
Recojo al pobre sapito que se quedó encerrado en la caseta, decidido a ponerlo a salvo. Su piel es suave y sus pequeñas patas, sumamente delicadas, no presionan mi piel. Parece como si no temiera nada o fuera yo incapaz de advertir su temor, a tal punto lo siento dócil y confiado en mi mano.
La noche es fría, tal vez hiele al alba. La noche está llena de peligro: aún descontando el depredador humano que hay en la casa, feroz como un tigre acorralado y cuyo dominio es todo el solar, están los gatos y las aves de presa. Junto a la leñera podría sufrir un accidente y morir aplastado; junto al huerto, podría acabar segado por una pala. Al final me decido por la leñera, confiando en que pueda hallar hueco en los ladrillos del muro.
Después miro la luna llena y me miro a mí bajo la luna llena. El silencio es devastador, así como la sensación de espacialidad que lo acompaña.
Como surgida de ese espacio frío y silencioso, escucho una voz que dice: ¿a salvo de qué?