Vae Victis

¡Ay de los vencidos!

[Orquídeas secas - Francisco Javier Garín]

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Ilustración: Francisco J. Garín §
Diseño: Joaquín Bernal §


Agosto de 2005

Sin título§

Toda mi visión, vista, ahora,
es el sauce

y llora
llora sobre el pino

como yo no lloro
ahora.

27/08/2005 · 00:56

Sin título§

A la media noche; yo bajando, él cuesta arriba, me cruzo con su barba y su cabello de coco limpio, aun jugoso en sus más de setenta y cinco años.

Refiriéndose al bar de barrio, me dice:

—Te he echado de menos esta noche.

—¿Sólo esta?

Sonríe en volumen audible, sin ser carcajada.

—¿Por qué no has venido?

—Hay pocos taburetes, Antonio, y ya voy envejeciendo.

No hay despedida.
Prosigo mi cuesta abajo. Prosigue su cuesta arriba.

26/08/2005 · 10:16

Sin título.§

La escritura de “ellos”, me lleva a mi silencio

22/08/2005 · 00:46

Escrito a mano. San sebastián – Donostia§

El lecho se expande y se contrae al modo del caminar de una oruga
con vocación de juguete.
El oleaje ha enmudecido varias veces durante la noche; al amanecer, viene
a saludarnos con sus blancos crespones de desorden.

Cuando navego en tu litoral, ruego a Eolo desencadene su fuerza, y sea largo, largo el naufragio.

Hoy no muero de naranjadas
ni canto de gallo.

** Pat Urumea Methey, pregunta si:
Are you going with me?

18/08/2005 · 13:31

A escena salgo§

Obelisco Fueron retirándose con la llegada del fin de las horas. Ni el escenario ni la decoración eran ya los propicios para la representación. La noche de los seres no es noche solar. Cae desde la rutina, desde la indiferencia, la envidia y la incomprensión. Nada es inútil, porque todo es.

Alguien, antes de marchar, quiso ofrendar como a un dios pagano un obelisco en conmemoración al tiempo donde brillaron las confidencias, las risas y las entregas. Desmontó, sin remordimiento ni pesar, aquella papelera férrea repleta de testimonios de lo que fue una tribu unida, que vivía y soñaba. Tan despacio como en un rito preparativo de altar, colocó la ofrenda del cáliz sobre el ara, y coronó con la celulosa húmeda de labios o quizá lagrimas.

Sentada sola en banco de piedra, velé el tiempo justo para el sahumerio de tabaco ante el presbiterio. Medité. Oré.

El tramoyista mago, de nardo, coco, violeta y ceniza, habilitó el nuevo escenario.

“A escena salgo”, escribía Pasternak.

17/08/2005 · 02:25

de JOAQUÍN BERNAL (Imposible el alemán)§

A Adelaida, que enseñó a Lolo
que hay veces que querer duele.

A Lolo, que enseñó a Adelaida
que hay veces que un polo
bien vale un pisotón.

Mary Poppins Cuando tienes siete años, ir al médico siempre es una tortura, y más aún si la visita al ambulatorio es para sacarte sangre. Aquella mañana, a pesar de que mi madre me ordenó lo contrario, yo miré con atención cómo la enfermera tiraba del émbolo de la jeringa para llenarla con mi sangre, un líquido curiosamente oscuro y espeso. Después, la enfermera me puso un algodón empapado en alcohol sobre el punto rojo que me había quedado en el brazo, y me entregó un palito plano y ancho, con los extremos redondeados. Has sido una niña muy buena, me dijo. Toma, por lo bien que te has portado. Yo me quedé mirando aquello que parecía el palo de un helado gigante y le pregunté a mi madre quién se había comido el polo. Me acuerdo que lo pregunté en serio, y que ella miró a la enfermera, sonrió levemente, y me sacó de allí a rastras mientras yo me sujetaba el algodón contra el brazo.

El día anterior, mi madre me había prometido que me llevaría al cine si me portaba bien. Debe ser que lo del polo no le había sentado tan mal como yo pensaba, pues a eso de las seis de la tarde estábamos las dos en la taquilla del Rialto, dispuestas a ver Mary Poppins. A mi madre le encantaba Julie Andrews, y a mí me gustaba ir al cine, pusieran lo que pusieran. Mientras esperábamos que llegara nuestro turno, mi madre me dijo que me fijara en todos los detalles de la película para poder contársela a papá cuando llegara a casa por la noche. Mi padre se pasaba todo el día en la joyería, hasta muy tarde, y casi nunca nos acompañaba al cine.

Entramos y buscamos dos butacas libres cerca del pasillo del centro. Antes de sentarnos, mi madre pasó la mano por el tapizado rojo de los asientos, como quitando unas migas que sólo ella veía. Sonreía. Creo que yo también lo hacía, con esa sonrisa escurridiza que se te escapa cuando es una cría y el mundo aún no se ha convertido en un sitio complicado y absurdo.

Se apagaron las luces y empezó el NODO. El locutor hablaba de veinticinco años de libertad, y en la pantalla apareció la imagen de Franco. Por aquel entonces yo aún pensaba que ese hombre era el general Ismo, pues todos lo llamaban así. Pasaron años hasta que descubrí, entre risas, cómo se escribía aquello realmente. En el noticiario decían que hacía veinticinco años que había terminado la guerra. Cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. Yo no entendí gran cosa, pero pensé que el final de la guerra debió de ser un día bonito, algo muy alegre para todos, como cuando escampa después de una tormenta fuerte que te obliga a estar metida en casa aunque sea verano.

Estaba impaciente por que empezara la película, y la música que cerraba el NODO me produjo un cosquilleo en el estómago. Sin embargo, nada más terminar, se encendieron las luces en la sala y por los altavoces empezó a sonar otra melodía que me resultaba familiar. Con las primeras notas, todos los presentes se pusieron de pie, levantaron la mano y se pusieron a cantar muy serios. A mí me dio la risa, pero me la aguanté como pude al ver la cara de mi madre.

La canción hablaba de una camisa que alguien bordó en rojo. Mi madre me miró, ladeó la cabeza por un instante, y me dio tal pisotón que no pude tragarme el grito. Inmediatamente me eché a llorar. Me había pisado como se pisa un cigarrillo para apagarlo, y sentía un latido extraño y caliente en los dedos del pie. Mi madre se agachó y me quitó el zapato. Me palpaba los dedos a través del calcetín, pero me miraba a los ojos. Estuvo en esa posición durante el resto de la canción, frotándome los dedos doloridos sin dejar de mirarme a la cara, vigilando de refilón a nuestros vecinos de butaca. A mí se me fue pasando el dolor y el berrinche, y sólo me quedó una sensación extraña en la garganta. Años más tarde comprendí que era el miedo en los ojos de mi madre que se colaba a través de los míos.

Terminó la canción, la gente volvió a sentarse, se apagaron las luces y empezó la película. No habían pasado ni diez minutos cuando mi madre me cogió de la mano y me hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta. Recuerdo que miré atrás mientras salíamos y vi en la pantalla a una mujer que volaba agarrada a un paraguas, pero no me dio tiempo a ver mucho más. Salimos de la sala y mi madre me colocó bien los bajos de la falda antes de salir a la calle.

Nos paramos al lado de un kiosko y ella se puso en cuclillas delante de mí. Me apartó un poco el flequillo y me tomó la cara entre las manos. Estaba llorando. Una lágrima gruesa se deslizó por su cara hasta la barbilla. Allí tembló unos segundos, como indecisa, antes de dejarse caer sobre la acera, un plop redondo y oscuro sobre aquel fondo gris. A esa lágrima la siguió otra, y otra más. Yo pensé que había hecho algo muy malo, que quizá no debería haber gritado dentro del cine, que lo del polo de aquella mañana había sido una tontería, que quizá se había enterado de lo del garabato a lápiz en el papel pintado de detrás de la puerta de mi cuarto. Pero mi madre no dijo nada. Me dio un abrazo sin apretar mucho, se retiró un instante, me volvió a abrazar un poco más fuerte, se retiró una vez más y entonces me llenó la cara de besos.

—Perdóname, Lolo—me decía—. Perdóname.

Yo no entendía nada, y mi madre seguía llorando y abrazándome.

—Mamá, ¿qué te pasa?

—Que te quiero, Lolo. Que te quiero muchísimo—contestó—. Perdóname.

Ella me pasaba los dedos por la puntera del zapato, y yo, como tantas otras veces, decidí que era inútil intentar entenderla, de modo que opté por la opción sincera.

—Yo también te quiero mucho, mamá.

—Lolo, mi Lolo.

—Y te perdono, pero con una condición.

Ella se retiró un poco y me miró, sorprendida. Yo traté de poner la cara más seria que pude, pues tuve la sensación de estar hablando como un adulto por un instante.

—Que me compres un polo como el que se ha comido la enfermera esta mañana.

Mi madre se echó a reír, y aquella risa indecisa que se abría paso entre las lágrimas me sonó a cascabeles, a música de organillo, al agua llenando uno de los cántaros de barro de la abuela Micaela. Mucho mejor que la música del NODO, pensé. Mucho mejor que aquella canción que todos en el cine, excepto nosotras dos, habían cantado a coro.

Mi madre sorbió por la nariz antes de hablar.

—Eso esta hecho, corazón mío.

Me asaltó una sensación rara, como si de repente tuviese la certeza de ser un pedazo de mi madre que se le hubiese salido del cuerpo. Como si ella fuese también un pedazo de mí que se hubiese acuclillado allí mismo.

Fuimos a la heladería valenciana, y me comí el polo de limón más rico que recuerdo haber probado nunca. Ojalá no fuese tan pequeño, pensé.

—El de esta mañana era más grande, ¿a que sí?

Mi madre volvió a reír, tapándose la boca con la mano. Ella no se pidió nada. Se quedó allí sentada, mirándome terminar el helado. Al final, le mostré el palito desnudo, húmedo y pegajoso, antes de guardármelo en un bolsillo.

No sé qué película le conté a mi padre esa noche. Lo que sí sé es que aquella tarde, al lado del kiosko, supe por primera vez que dentro mi madre había una niña como yo, y que dentro de mí había una mujer como mi madre. Y es curioso que, años después, cada vez que me pisan en el metro vuelvo a sentir el regusto a polo de limón en el paladar.

14/08/2005 · 04:13

Sin título§

a A. B.

Siempre preferiré acudir a la consulta de un psicólogo
por el dolor recibido
que por el dolor causado

06/08/2005 · 00:00