Sin título§
¿Por qué?
¿por qué mamá me decías
que yo era tu hija?
LO QUE ES VERDAD
Lo que es verdad no echa arena en tus ojos,
por lo que es verdad sueño y muerte te piden perdón
como algo interno, aconsejado por cada dolor,
lo que es verdad mueve la losa de tu tumba.
Lo que es verdad, tan hundido, tan borroso
en el germen y en la hoja, en el perezoso lecho de la lengua
por un año y otro año y todos los años-
lo que es verdad no crea tiempo, lo compensa.
Lo que es verdad peina una raya a la tierra,
desbroza el sueño, la corona y el cultivo,
hincha su cresta y cargado de frutas cosechadas
te hinca sus dientes y te bebe del todo.
Lo que es verdad no se suspende hasta la incursión
en la que tal vez todo esté en juego.
Tú eres su botín al abrirse tus heridas;
Nada te asaltará que no te traicione.
Llega la luna con los cántaros de hiel.
Bebe tu medida. Cae la amarga noche.
Nieva la escoria en el plumaje de las palomas,
ni una sola hoja se pone a salvo.
Estás preso en el mundo, cargado de cadenas,
pero lo que es verdad abre grietas en la pared.
Velas y en la oscuridad vigilas,
vuelta la cara hacia la salida desconocida.
OIR EL SUELO
Huele el perro en el amo
el poso postre de la vida en fuga
No pronuncia su nombre. No huele a orden su mano.
En el suelo los dos.
El perro chasquea la lengua y bosteza.
No puede dormir el amo, teme al suelo, lo oye.
La madera, transformada en suelo manchado y a su vez en vigas altivas, recoge los colores, el color. Deambular entre columnas de hierro forjado, inútilmente disfrazadas de blanco, en obligada búsqueda de la belleza, de mi belleza. El espacio acorta la posibilidad y huye por el cristal cerrado.
Busco la oscuridad, solo encuentro lo mundano, mi mano acaricia tu sombrero negro y forma círculos, profundos círculos en la memoria, sin que la mirada se emocione con las colgaduras.
Recorro el caracol de madera, me encuentro con las sombras del pasado, enmarcadas en la salita, oigo teorías, risas y nuestras miradas cómplices.
Mariví compra cigarrillos aunque no fuma. Los enciende y los coloca en el cenicero, encajando precisamente el límite del filtro en la hendidura del cristal. Luego se queda quieta contemplando cómo los bordes oscuros de la brasa van avanzando por el papel, cómo ese borde irregular avanza cambiando a cada instante. Pero lo que más le gusta es mirar el humo retorcerse y subir, elástico y lánguido. A veces Mariví se mete en una cafetería, pide un café, se sienta al lado de un fumador y mira el humo, sin más. Habrá quien la confunda con una soñadora, piensa divertida.
Tocaba un punto, uno cualquiera de su piel, y en ondas como de piedra lanzada contra la superficie del lago su cuerpo iba despertando a sensación. Se quedaba en silencio, atenta a la más mínima señal, sorprendida pero serena, anterior. Vivir era un instante.
Imposible deslindarse de aquel tacto si se pretendía despierta . Solo la gracia de aquel roce era capaz de otorgar el milagro a su cuerpo; solo aquella mano, como el soplo de Dios, era capaz de insuflar existencia.
Así, aquella criatura, recorría día a día cada uno de los lechos del Centro de Neuroreahabilitación Cerebral
Detrás del velo pardo, el azul de sus ojos clareaba.
Eran aquellas aguamarinas cada instante, menos piedra y más fluir.
Amal mesaba su barba más pensativo que violento: ¡Aquellos ojos!...
Su barba negra. Su pelo cano. Sus hombros viga. Su vientre cántaro. Sus piernas pilares. Su boca, sus labios…
Apretó los puños, Amal, y maldijo sin blasfemia mientras sus pies trazaban un círculo encerrándose.
Los ojos de ella comprendieron, se entornaron.
¡Aquellos ojos! ¡Aquellos ojos!, quince años tenían la primera vez que vieron a Amal entre sus brazos;
acarician el rostro del hijo, el hombre que hoy cumple dieciocho.