de: José Ángel VALENTE§
No estamos en la superficie
más que para hacer una inspiración profunda
que nos permita regresar al fondo.
No estamos en la superficie
más que para hacer una inspiración profunda
que nos permita regresar al fondo.
Pero es más terrible…
y prosigo, como aquella tarde, tras acariciar tus manos y tu rostro, repitiendo tu nombre y la negación, a tus pies, en ti fijada, ida, entregada (como desde siempre y siempre y aún siempre).
Pero es más terrible…
El crepúsculo es un buey negro, lento y torpe,
que paso a paso va descendiendo de las montañas del oeste.
No permitas que las puertas de la ciudad se cierren muy temprano,
porque hay que esperar a que el buey entre en los corrales.
El crepúsculo es un buey negro y misterioso,
no sé a qué mundo sobrenatural pertenece,
cada día la luna lo acompaña hasta la ciudad,
de mañana el sol lo lleva de nuevo a las montañas del oeste.
Aguas muertas. Bassarai ediciones, 2006
[...]
Un pedante que vio a Solón llorar la muerte de un hijo, le dijo: “¿Para qué lloras así, si eso de nada sirve?” Y el sabio le respondió: “Por eso precisamente, porque no sirve”. Claro está que el llorar sirve de algo, aunque no sea más que de desahogo; pero bien se ve el profundo sentido de la respuesta de Solón al impertinente. Y estoy convencido de que resolveríamos muchas cosas si, saliendo todos a la calle, y poniendo a luz nuestras penas, que acaso resultasen una sola pena común, nos pusiéramos en común a llorarlas y a dar gritos al cielo y a llamar a Dios. Aunque no nos oyese, que sí nos oiría. Lo más santo de un templo es que es el lugar a que se va a llorar en común. Un Miserere, cantado en común por una muchedumbre azotada del Destino, vale tanto como una filosofía. No basta curar la peste, hay que saber llorarla. ¡Sí, hay que saber llorar! Y acaso ésta es la sabiduría suprema. ¿Para qué? Preguntádselo a Solón.
Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda una filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar de ideas, las determina, aun cuando luego, claro está, estas ideas reaccionen sobre él corroborándolo. Unas veces puede provenir de una enfermedad adventicia, de una dispepsia, verbigracia; pero otras veces es constitucional. Y no sirve hablar, como veremos, de hombres sanos e insanos. Aparte de no haber una noción normativa de la salud, nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más: el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad.
Ha habido entre los hombres de carne y hueso ejemplares típicos de esos que tienen el sentimiento trágico de la vida. Ahora recuerdo a Marco Aurelio, San Agustín, Pascal, Rousseau, René, Obermann, Thomson, Leopardi, Vigny, Lenau, Kleist, Amiel, Quental, Kierkegaard, hombres cargados de sabiduría más bien que de ciencia.
Habrá quien crea que uno cualquiera de estos hombres adoptó su actitud —como si actitudes así cupiese adoptar, como quien adopta una postura—, para llamar la atención o tal vez para congraciarse con los poderosos, con sus jefes acaso, porque no hay nada más menguado que el hombre cuando se pone a suponer intenciones ajenas; pero honni soit qui mal y pense. Y esto por no estampar ahora y aquí otro proverbio, éste español, mucho más enérgico, pero que acaso raye en grosería.
Y hay, creo, también pueblos que tienen el sentimiento trágico de la vida.
[...]
1
Ella no puede ser la palabra. En esta palabra no se ahonda. No puede ser la palabra que no puede ser. En esta palabra no se ahoga. Pues la palabra no es. Pero ella no es la palabra. Esto no es un estiracabezas. No tiene que írsele la cabeza, tiene que no ser, como la palabra. No puede ser la palabra, ni siquiera lo quiere ser, quiere no serlo. No ser, quiere no ser la palabra, quiere. Además, no quiere ser nada ni nadie más, y no puede querer nada ni nadie más. (Quiere borrarla. ¡Emborráchala! Quiere derretirla. ¡Derróchala!) Aunque quiera, no tiene que, tiene que no poder ser la palabra, la que le falla, la que le llama su falo. Tiene que liarse a hacerlo lengüilargamente, libar el fallo, hilarlo libidinosamente. Ella no tiene para nada que ser la palabra que no es; faltando, falcando, falleciendo tiene que no ser la palabra que no es. Pero, ¿cómo viva y no muerta? La palabra viva, no lo quisiera ser; no la muerta, que ni siquiera puede estar viva, la palabra viva, que ni siquiera puede estar muerta, no lo quisiera ser.
Festival de Medellin, 2007
En nuestra familia, todos aman las flores.
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba
con placas de granito en el centro:
las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras
llena de mugre algunas veces…
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.
Pero en mi hermana, la cosa es distinta:
una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre
a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo.
Cada primavera, espera las flores.
Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende
que es mi madre quien paga; después de todo,
es su jardín y cada flor
es para mi padre. Ambas ven
la casa como su auténtica tumba.
No todo prospera en Long Island.
El verano es, a veces, muy caluroso,
y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,
eran tan frágiles…
Mi madre está nerviosa, inquieta
porque mi hermana no sabrá nunca lo bellas que fueron,
de un rosa puro, sin máculas. Es decir,
porque va a sentirse despojada una vez más.
Pero para mi hermana, la condición del amor
es ésa. Era la hija de mi padre:
el rostro del amor es, para ella,
el rostro que se aparta y da la vuelta.
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Ararat. Edt: Pre-textos
Traducción de Abraham Gragera.
Es posible
Es posible
que si desplazo los dedos entre la reja y el aire
imprima la huella de toda ausencia
Es posible
Es posible
que si de golpe destruyo los puentes
si me adentro en los santos lugares
regrese la caligrafía y la siga
del lado de la tarde
El don del vacío.
Ediciones del Oriente y el Mediterráneo.
En el umbral oscuro la copa destelló
y en mi mirada se adentró
la filigrana de la plata.
Bebe ,dijo su portador:
Y bebí sus ojos en el vino.
Y bebí el vino en sus labios.
Y él bebió sus labios en los míos.
Y encendí las velas.
Desplegó una sábana azul
que abarcaba los ocho cielos
salpicados del oro de los astros
y me envolvió y a sí mismo, en ella.
Y como el entero firmamento
me abrazó.
Y se adentró en mi vida
y en aquella noche
la deshojó hasta la tersura del alba.
Con el tacto del más leve pétalo
se dobló su cabeza en mi cuello,
sus bucles negros
emitían un aroma de abismo.
Y por su boca
besé yo la muerte,
y en torno a mí
replegó las alas.
La luna se quebró
en vertientes de nieve.
Los arrecidos astros desmayaron.
La gravedad estalló.
Un torbellino urente
abrió su espiral
a lo infinito.
Lluvias de meteoros
abrasaron los círculos
de la oscuridad.
He cerrado los ojos para llamar con todos mis deseos a la noche verdadera, la noche sin su máscara de espantos, la suprema reguladora y consoladora, la gran noche virgen de los Himnos de la noche (...). Sólo los amantes (...) podrían dar testimonio de que en una noche así y únicamente en ella los impulsos del corazón y de los sentidos encuentran su responsorio infinito.